[…] En mi mente inconsciente existe un robot que hace las cosas por mí. Cuando aprendo a escribir a máquina, a conducir un coche o a hablar una lengua extranjera, lo hago de forma dolorosa y consciente, paso a paso.
Muy pronto, mi robot se ocupa de la situación y escribe a máquina y conduce mucho más de prisa y con mayor eficacia de lo que «yo» puedo hacerlo. Este robot tiene una importancia incalculable. Cuando era niño, el robot era mucho menos eficiente y, por tanto, yo era torpe y todo me costaba mucho más esfuerzo. Ahora, el robot me libera y se hace cargo de la mayor parte de las tareas necesarias para vivir.
Pero existe un problema. El robot no hace tan sólo lo que yo quiero que haga, como escribir a máquina y hablar francés. También hace cosas que yo no quiero que haga. Me gusta la música y la poesía, pero cuando escucho una sinfonía o leo un poema una docena de veces, pierden una parte de su impacto porque el robot está escuchando en mi lugar. Cuando estoy preocupado, come por mí. Incluso, es posible que haga el amor con mi esposa. Muchas veces, nos perdemos experiencias nuevas e interesantes porque somos demasiado dependientes del robot.
En definitiva, Gurdjieff habla del robot y de nuestra esclavitud respecto a él. Podemos eliminar el robot, para experimentar la «novedad» de las cosas. Un par de vasos de vino pueden hacer que el robot descanse. Algunas drogas psicodélicas como la mescalina y el LSD paralizan por completo al robot y, como consecuencia, el individuo que ingiere las drogas se ve ante una realidad que le deslumbra. Una flor o un árbol pueden parecer tan reales que atraen la atención, porque están llenos de significado.
El problema estriba en que esas drogas eliminan por completo al robot. Ahora bien, eso no es conveniente, ya que si desarrollamos el robot fue para tener más libertad. Por tanto, no es conveniente paralizarlo. De hecho, en el estado de libertad real, el «yo real» y el robot parecen alcanzar un acuerdo perfecto. William James pone de relieve cómo es posible que un futbolista que haya jugado de maravilla durante muchos años, un día rompa una barrera interior y, de pronto, no cometa el más mínimo error; el fútbol parece jugarlo a él. O un músico se da cuenta, de repente, de que interpreta su instrumento con una rara perfección, con un grado de control que jamás ha alcanzado antes. [...] Y esta forma de libertad no puede conseguirse a través de una droga psicodélica. Requiere la cooperación activa entre el «yo real» y «el robot». Todo escritor sabe que un vaso de alcohol puede liberarle de sus inhibiciones y permitirle escribir con más libertad. Tres o cuatro vasos pueden producir una sensación de bienestar en medio de la cual se siente capaz de producir una obra maestra en su máquina de escribir. Pero cuando a la mañana siguiente lee lo que ha escrito, le parece que no tiene sentido. El vino le permitió liberarse de las inhibiciones, pero al mismo tiempo eliminó las exigencias críticas que permiten seleccionar la palabra y la expresión adecuadas. El alcohol no puede sustituir al trabajo exigente que produce la «ruptura» súbita, la colaboración perfecta de la crítica y la inspiración, del robot y el «yo real».
Cuando lo expresamos de esta forma, comenzamos a comprender qué era lo que buscaba Gurdjieff. Estamos [...] ante los curiosos influjos de poder en los cuales uno se siente más vivo. ¿Cómo podemos esperar alcanzarlos a voluntad? Simplemente, no haciendo las cosas «automáticamente» [...].