Quieren enderezar la curva.
No la del camino.
Ni la del río.
Ni la del horizonte.
La otra.
El corazón no late como una máquina:
insiste, tropieza, acelera, calla.
La sangre conoce un idioma
que ningún algoritmo consiguió traducir.
Los bosques no crecen a escuadra.
Las montañas no piden permiso para erosionarse.
El mar no firma horarios.
Las raíces nunca preguntaron por la productividad.
Solo nosotros aprendimos
a desconfiar del cansancio,
a pedir perdón por la tristeza,
a esconder las grietas como si fueran un delito.
Y, sin embargo,
todo lo que merece permanecer
tiene forma de curva:
el abrazo,
el vientre,,
las arrugas de quien ha amado,
el cauce de los ríos,
la espiral de una concha,
el regreso después de perderse.
Quizá la libertad no consista
en correr más deprisa,
sino en recuperar el derecho
a seguir la forma
que la vida dibujó en nosotros
antes de que alguien intentara enderezarla.