Un niño que pintaba nubes de color violeta,
en el patio donde el juego siempre impone su libreta.
«No mires las nubes», murmuró el susurro de la norma,
y el niño limó sus bordes para encajar en la horma.
Aprendió a reír al ritmo de la risa de los otros,
a domar los saltos salvajes de sus propios potros.
Con amigos en la plaza, bajo la luz del farol,
se vistió con las palabras que demandaba el crisol.
Llegó la escuela, ese templo de pizarras y de filas,
donde miden el talento por la luz de las pupilas
que repiten de memoria la lección bien aprendida.
Y el niño, ya más grande, entregó parte de su vida;
sacó dieces en el examen del silencio y la postura,
comprendiendo que el aplauso se concede a la cordura,
que el afecto es un contrato, una moneda que se gana
si te olvidas del espejo y saludas a la aduana.
Y del aula al engranaje, a la oficina, al despacho,
donde el hombre bien pulido ya no puede ser muchacho.
En el trabajo fue el primero, el que no dobla la rodilla,
el empleado que sonríe, el que encaja en la casilla,
el que asiente en las reuniones, el que borra su fatiga,
para que el jefe lo premie, para que el mundo bendiga.
Hizo todo el inventario, completó la travesía,
aprendió valiosas ciencias, disciplinas, maestría.
Fue provechoso el camino, fue una escuela de destrezas,
una forma de blindarse frente a todas las torpezas.
Pero el éxito es un frío y silencioso acantilado.
¿Por qué haciendo todo bien, el pecho se siente vaciado?
¿Por qué si el balance cuadra y la vitrina está llena,
late un eco sordo y hueco que en el fondo nos condena?
El vacío no es ausencia de tesoros ni de abrazos,
es el precio de haber roto con el ser los propios lazos.
En el afán de gustar, en la fiebre de que me quisieran,
dejé que mis propias tierras por descuido se extinguieran.
Olvidé mis viejos mapas, mis ideas más profundas,
mis mareas interiores, mis corrientes vagabundas.
Anestesié el sentimiento por temor a la fisura,
y olvidé quién habitaba debajo de la armadura.
Pensé que yo era la máscara, la fachada reluciente,
el personaje impecable que responde ante la gente;
me confundí con el traje, con el molde, con la acera,
creyendo que mi verdad era esa piel de madera.
Pero el alma no se marcha, aunque la dejes a oscuras,
aunque la tapes con filtros, con contratos y corduras.
Es una paciente duna que resiste la tormenta,
un testigo silencioso que en la sombra nos cuenta.
Mi alma esperó en el fondo, agazapada y serena,
aguardando a que bajara la marea de la arena.
No guardaba ningún rencor por los años de destierro;
esperaba el beneficio de la quiebra de mi hierro.
Y hoy emerge entre las grietas del cansancio y del hastío,
para encender una hoguera en la mitad del cuarto frío.
Viene a tenderme la mano, a recordarme el sendero,
a limpiar el viejo polvo del espejo verdadero.
Ya no busco la medalla de la ajena aprobación,
vuelvo a casa, a mis raíces, a mi propia vibración.