Psicología Valladolid  04 jul 2026 Menu usuario

POESÍA A FUEGO LENTO

Nos enseñaron que vivir era correr.

Llegar antes. Responder primero. Producir más. Mostrarlo todo.

Y aceptamos el trato.

Desde entonces los días pasan veloces como trenes que ya no se detienen en ninguna estación del alma.

Despertamos con el zumbido del mundo dentro del bolsillo
.
Antes de mirar el cielo, miramos una pantalla.

Antes de escuchar el latido de la casa, escuchamos el rumor infinito de vidas ajenas.

Las horas se llenan de mensajes, de reuniones, de titulares, de urgencias que mañana nadie recordará.

Y, sin embargo,
la semilla sigue rompiendo la tierra sin hacer ruido.

El olivo no adelanta la primavera.

El mar no acelera las mareas.

La luna nunca sintió vergüenza de tardar un mes en volver a ser redonda.

Solo el hombre ha decidido declararle la guerra al tiempo.

Qué extraño...

Buscamos calma con las manos ocupadas.

Anhelamos silencio mientras alimentamos el ruido.

Queremos amor profundo sin concederle la lentitud que necesita toda raíz.

Porque el amor, la amistad, la confianza, la sabiduría y la paz
no nacen en el terreno de la prisa.

Se parecen más al pan que fermenta, al vino que madura, al barro que espera las manos del alfarero, al fuego pequeño que cocina durante horas sin llamar la atención.

Hay una belleza que nunca será viral.

La de una madre que espera despierta.

La de dos ancianos que caminan despacio sin necesidad de hablar.

La de un niño que descubre un caracol como si hubiera encontrado un universo entero.

La de una tarde que no ocurre en ninguna pantalla, pero queda grabada para siempre en el corazón.

Quizá el lujo verdadero sea disponer de tiempo para mirar un árbol sin convertirlo en fotografía.

Escuchar la lluvia sin buscar cobertura.

Abrazar sin pensar en lo que queda por hacer.

Sentarse cuando nadie obliga a detenerse.

Y comprender, al fin,
que la vida no era esa carrera que nos prometieron,
sino el aroma del café cuando aún no había sonado el teléfono.

La sombra de una higuera en la hora más caliente del verano.

El pan compartido.

La conversación interminable.

El perro dormido junto a la puerta.

El viento moviendo las cortinas de una casa donde nadie tiene prisa.

Porque casi todo lo que merece la pena
crece despacio.

Y lo verdaderamente importante

nunca llegó tarde.

Simplemente,

llegó

a fuego lento.

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