Psicología Valladolid  04 jul 2026 Menu usuario

EL ESCLAVO VOLUNTARIO



Hubo un tiempo

en que el amo tenía rostro.

Gritaba. Ordenaba. Empuñaba el látigo o firmaba el despido.

Sabíamos dónde estaba el enemigo.

Vivía al otro lado del escritorio, de la verja, del uniforme.

Entonces llegó un tiempo nuevo.

El látigo aprendió a sonreír.

Ya no hizo falta que nadie vigilara.

Nos convencieron de que la libertad consistía en no detenerse nunca.

Y aceptamos.

El capataz se mudó a nuestra propia cabeza.

Ahora somos nosotros quienes apagamos el cansancio con café.

Quienes respondemos correos cuando la noche ya pide silencio.

Quienes convertimos el descanso en culpa.

Si no produces, fracasas.

Si no emprendes, te conformas.

Si no sonríes, no vibras alto.

Si no llegas, es porque no lo deseaste lo suficiente.

Ya no hace falta que alguien nos empuje.

Nos empujamos solos.

Nos repetimos como una oración moderna:

"Tú puedes."

"Un poco más."

"No te rindas."

"Mientras duermen, trabaja."

Y confundimos la esperanza con el agotamiento.

Qué extraña victoria.

Rompimos las cadenas para fabricar otras invisibles.

Cambiamos el látigo por la agenda.

La fábrica por la disponibilidad permanente.

El amo por una voz interior que nunca queda satisfecha.

Una voz que no descansa ni siquiera cuando dormimos.

Pero la tierra sigue enseñando otra verdad.

El trigo no da espigas todo el año.

Los árboles pierden las hojas sin pedir perdón.

El invierno no se avergüenza de parecer inmóvil.

Solo el hombre se exige florecer los doce meses.

Quizá la verdadera libertad

no sea poder hacerlo todo,

sino atreverse a cerrar el ordenador, a apagar el teléfono, a decir:

"Hoy es suficiente."

Porque hay un triunfo que no aparece en ningún currículo.

El de quien deja de explotarse para empezar, por fin,

a habitar su propia vida.



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