A los que aún se mantienen.
A vosotros...
que seguís creyendo
que la honradez vale más
que el aplauso.
Que la lealtad
no cambia de dueño
cuando cambia el viento.
Qué proteger a los vuestros
no es una obligación...
sino una forma de amar.
A vosotros...
que confundís la humildad
con mirar a todos a los ojos,
pero nunca con arrodillar el alma.
Porque la humildad
jamás fue servidumbre.
Fue fuerza sin orgullo.
Fue firmeza sin ruido.
Quizá alguna vez os habéis preguntado...
¿Tiene sentido seguir así?
¿No sería más fácil
parecer
en lugar de ser?
¿No sería más cómodo
traicionar un poco
aquello en lo que creemos?
Mirad el bosque.
Los árboles más antiguos
nunca fueron los que crecieron más deprisa.
Fueron los que resistieron más inviernos.
No desesperéis.
Hay valores
que parecen perderse
solo porque hacen menos ruido.
Pero el mundo,
tarde o temprano,
vuelve a necesitarlos.
Y cuando llegue ese día...
no buscará a quienes mejor supieron adaptarse.
Buscará a quienes nunca dejaron de ser.
Porque las modas pasan.
El poder cambia de manos.
Las generaciones cambian.
Pero la honradez,
la lealtad,
el coraje,
la humildad
y el amor por los nuestros...
siguen siendo el hogar
al que el ser humano regresa
cada vez que se pierde.
Manteneos.
Quizá hoy os parezca
que camináis contra el mundo.
Pero mañana...
seréis el recuerdo vivo
de aquello que nunca debimos olvidar.
Porque quizá no sois un recuerdo del pasado.
Quizá sois
el comienzo de lo que está por volver.
Manteneos.