Jesús Claro que todos somos políticos en el día a día, como decía Jabberwock: con el vecino, con el jefe, con los amigos. Ahí se juega la política de verdad.
Se suele confundir esto con la política profesional, pero es perfectamente lógico que la gente se declare «apolítica» como forma de expresarse. Y no, no es obligatorio votar si no ves a ningún partido que te represente; la abstención también es una postura legítima.
Lo que verdaderamente me preocupa es que se piense que la solución está en un partido u otro.
Si analizas a fondo —de veras, no mentalmente ni de pasada, aunque eso lleve tiempo y sea más fácil opinar rápido—, te das cuenta del engaño.
Si analizas los millones que damos a la UE y que nos devuelven a cambio de paquetes de medidas obligatorios (no nos regalan nada), o nuestra adhesión a la OTAN, a la ONU y un largo etcétera, te das cuenta de que lo que promete de diferente el partido de turno en la oposición es una auténtica locura.
El margen real de maniobra está vendido.
Por eso, lo que me inquieta de verdad —sea conspiranoico o no— es ver cómo la sociedad está todo el tiempo luchando entre sí.
Todo el tiempo. Todo el tiempo. Todo el tiempo Hombres contra mujeres, derechas contra izquierdas... En cuanto alguien da una opinión o intenta profundizar, se le echan encima. Interesa el barro y la polarización, no el diálogo ni entender los problemas de fondo.
Nos tienen entretenidos peleándonos en la calle mientras las decisiones gordas se toman muy lejos de las urnas.
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