DIÓGENES
Mientras unos
levantaban palacios,
Diógenes buscaba
un lugar donde dormir.
Mientras unos
acumulaban riquezas,
él preguntaba:
¿cuánto necesitas
para ser libre?
Vivía con poco
porque había descubierto
algo que muchos tardan
toda una vida en comprender:
que también se puede
ser esclavo
de aquello que posees.
Le bastaba
una capa,
un cuenco,
un lugar donde descansar
y el espacio suficiente
para no necesitar demasiado.
Un día,
Alejandro fue a buscarlo.
El hombre más poderoso
del mundo
frente a un hombre
que no tenía casi nada.
—Pídeme lo que quieras.
Diógenes lo miró
desde el suelo.
—Apártate.
Me estás quitando
el sol.
Quizá nunca hubo
una respuesta más sencilla
frente al poder.
Alejandro podía
conquistar ciudades.
Diógenes había conquistado
algo mucho más difícil:
la necesidad
de impresionar
a los demás.
No quería ser rico.
No quería ser importante.
No quería parecer
lo que no era.
Quería vivir
sin demasiadas cadenas.
Y quizá por eso
molestaba tanto.
Porque un hombre
que necesita poco
es difícil de gobernar.
No necesita
tu aprobación.
No necesita
tu riqueza.
No necesita
tu aplauso.
No necesita
convertirse
en quien otros esperan.
Y entonces queda
una pregunta incómoda:
¿Quién era realmente
el hombre libre?
¿Diógenes,
que necesitaba tan poco
para vivir?
¿O Alejandro,
que necesitaba conquistar
cada vez más
para sentirse dueño
del mundo?
Quizá el verdadero esclavo
no es quien posee poco.
Es quien necesita
poseer cada vez más
para sentirse libre.
Diógenes no quiso
tener el mundo.
Quiso necesitar
menos de él.
Y quizá esa sea
su pregunta todavía:
¿Cuántas de las cosas
que perseguimos
son realmente nuestras...
y cuántas
solo las queremos
porque alguien
nos enseñó
a quererlas?