SÓCRATES
Lo acusaron
de corromper a los jóvenes.
Él solo hacía preguntas.
Preguntas incómodas.
Preguntas que obligaban
a mirar detrás de las respuestas,
a dudar de aquello
que todos daban por cierto.
Y quizá eso
era lo peligroso.
Porque una sociedad
puede soportar
a quien habla.
Pero tiembla
ante quien consigue
que otros empiecen a pensar.
Lo llevaron a juicio.
Lo llamaron impío.
Corruptor.
Peligroso.
Y Atenas,
que había dado a luz
a uno de los grandes pensadores
de la historia,
decidió darle
veneno.
Sócrates bebió la cicuta.
Y murió.
Pero las preguntas
no murieron con él.
Pasaron a Platón.
De Platón
a Aristóteles.
De ellos
a generaciones enteras.
Y aquel hombre
que un día fue condenado
por corromper a la juventud
terminó convertido,
siglos después,
en uno de los padres
de la filosofía occidental.
Qué extraño destino.
Quizá la historia
no siempre distingue
entre quien amenaza
el orden
y quien amenaza
la ignorancia.
Porque a veces
la misma pregunta
que una sociedad
castiga hoy
es la pregunta
que mañana
agradecerá haber escuchado.
Y quizá por eso
Sócrates sigue aquí:
no porque tuviera
todas las respuestas,
sino porque tuvo
el valor de preguntar
cuando todos los demás
creían saber.
https://youtu.be/iDFCkCd9GSc?si=7mhax0bRY_9qz17G